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Recordando al P. Raúl Laurencena: un párroco comprometido con el patrimonio cultural

El reciente fallecimiento del querido P. Raúl Laurencena (26-II-1950/21-X-2025), párroco de la iglesia de Nuestra Señora de La Piedad del Monte Calvario desde el año 2014, ha sido motivo de pesar para su feligresía y sus allegados.

Oscar Andrés De Masi

Por: Oscar Andrés De Masi

oademasi@gmail.com

5 de enero de 2026

Recordando al P. Raúl Laurencena: un párroco comprometido con el patrimonio cultural

El P. Raúl Laurencena en la Iglesia de La Piedad, cede la palabra al Prof. Oscar A. De Masi, para dar detalles históricos y artisticos de la cruz colonial trasladada al interior del templo. El resguardo de esa pieza de herrería antigua fue un logro del querido párroco.

Había asumido en circunstancias casi excepcionales, tras la muerte inesperada del P. Tulio Camelli, de 53 años, acaecida en diciembre de 2013. No fue fácil llenar esa vacancia, funcional y a la vez afectiva, porque el antecesor fue muy apreciado por la feligresía y su fallecimiento prematuro le añadió al momento de transición una cuota extra de apego y dramatismo. Pero, de a poco, el P. Raúl se fue ganando su lugar en la estima de sus parroquianos.

Fue un sacerdote claramente comprometido con su vocación, muy orientado hacia la liturgia y la música sacra. Recordemos que cantaba con afinada entonación. Quizá esta vertiente estética de su ministerio lo haya acercado en forma sensible a los temas del patrimonio cultural religioso, en lo tocante a los bienes bajo su custodia: la basílica de La Piedad y sus componentes histórico-artísticos. 

Llamativamente, las expresiones públicas de pésame, tanto del arzobispado como de la agencia católica AICA, han omitido una mención de este aspecto de su desempeño, que bien puede agregarse a aquellos otros carismas que supo poner al servicio de la Iglesia en sus diversos cargos.

Al P. Laurencena no se lo ha ponderado póstumamente desde el “lugar” del patrimonio, sino, solamente, desde la tarea pastoral, que sin duda fue mucha y dominante. Pero como esta perspectiva ofrece una construcción biográfica parcial y meramente confesional, estimamos que debe completarse. Porque aquel "otro P. Raúl”, visibilizado en clave patrimonialista, excede los contornos del oficio de párroco en favor de una acotada feligresía católica romana, y, en cambio, derrama su contribución a toda la comunidad de los porteños, cualquiera sea su rito o creencia religiosa. Porque así funciona el patrimonio cultural legítimamente apropiado, dotando de fortalezas identitarias al conjunto de la ciudadanía.

Vamos a hacer, aquí, un rápido repaso de aquellas iniciativas suyas que pusieron en evidencia su preocupación respecto de ese tesoro patrimonial que le fue confiado junto con el curato parroquial. Y quien escribe estas líneas, un amigo dolido por su partida (como seguramente lo estará también el director de nuestra revista, que supo frecuentarlo y apreciarlo) puede dar fe de aquella predisposición de su espíritu, porque acompañó, codo a codo, las acciones que serán seguidamente reseñadas, procurando un esfuerzo de memoria reciente y sin apuntes. Quizá, más adelante, el tema merezca un relato más pormenorizado.

Debemos comenzar por el año 2012, cuando el P. Raúl me fue presentado por la Madre Zulema Sayas, superiora entonces de las Hijas del Divino Salvador y también querida amiga. Aquella presentación no fue solamente un gesto de protocolo social, sino que obedecía a un objetivo bien concreto: gestionar la declaratoria como sepulcro histórico nacional del mausoleo de María Antonia de San José de Paz y Figueroa (mal nombrada, popularmente, como “Mama Antula”), erigido en la nave lateral derecha de la iglesia desde 1913. 

Recuerdo una anécdota que me llamó la atención: apenas nos saludamos y sin darme mucho tiempo para reaccionar, me tomó una foto con su celular. Y ante mi extrañeza, me explicó que, de ese modo, podía vincular los nombres a los rostros de sus nuevos contactos. Me pareció un recurso ingenioso. Y de entrada me di cuenta de que el P. Raúl tenía sus peculiaridades. No imaginé en aquel instante que luego seríamos amigos. Pero intuí que no sería la única ni la última vez que el destino o una misteriosa Providencia cruzaría nuestros caminos.

La gestión del expediente fue exitosa y logramos muy prontamente el dictado del Decreto PEN n.º 1762/2014, firmado por la presidente Cristina Fernández de Kirchner. De esta manera, la tumba de la ilustre mujer santiagueña que iba camino a los altares se anticipaba a la declaratoria monumental del templo mismo.

Luego, en 2016, al avanzar la causa de beatificación, concebimos junto al P. Raúl una intervención en la materialidad del edificio, al servicio de la devoción de los fieles y para una mejor apreciación del sepulcro. Aquella operación consistió en la desmaterialización íntegra de un tabique en el intercolumnio ubicado frente al mausoleo. Esa pared plantada entre dos gruesas columnas impedía las visuales frontales de la tumba y su hermosa escultura, lo cual iba a crear interferencias durante la próxima ceremonia de proclamación de su beatificación, que contaría con la presencia de prelados y de un legado papal.

El P. Raúl coincidió conmigo en la necesidad de eliminar ese obstáculo visual, que pudo tener algún sentido cuando el culto público de María Antonia no estaba todavía autorizado. Y hasta hubo que argumentar frente a un preocupado inspector enviado ad hoc por el arzobispado, quien sostenía la absurda idea de que, demoliendo el tabique, se corría el riesgo del… ¡derrumbe de una parte de la basílica!

Recuerdo que tanto al P. Raúl como a mí nos causaba mucha gracia aquella objeción tan ridícula como exagerada; pero, dado que debimos convencer al entones vicario general Sucunza, para que, a su vez, lo convenciera al cardenal Poli, la vía que elegimos de común acuerdo fue que yo, en persona, me hiciera responsable de las posibles consecuencias catastróficas. Tan seguros estábamos de que nada iba a ocurrir y que la calidad constructiva del edificio garantizaba su estabilidad por, al menos, un par de centurias.

La demolición se concretó con la supervisión del arquitecto Rubén Otero, y allí puede apreciarse el punto de observación que fue creado, para mal de ninguno y para bien de todos.

Aprovechamos aquella intervención y el movimiento del obrador, además, para dotar de una mejor paleta de color a la hornacina con arco rebajado que aloja la escultura de mármol de la Beata. Esa tarea le fue confiada a la arquitecta Marcela Fugardo, quien eligió un color terroso, acorde con los estilemas italianizantes del templo.

Otra empresa en que nos embarcamos el P. Raúl y yo fue la gestión de un segundo decreto del PEN, el n.º 617/2017, mediante el cual logramos la declaratoria como monumento histórico nacional de la Basílica. De esta manera, el mismo sitio sumó dos declaratorias patrimoniales nacionales. Y este hecho tan significativo y nada frecuente se lo debe la comunidad a la lúcida y pronta comprensión de su párroco. Porque así era el P. Raúl en estos temas: escuchaba con atención, preguntaba con interés sin cuestionar nada a priori, evaluaba las ventajas y los inconvenientes, y luego decidía con presteza y convicción. En todo este proceso, además, demostraba su capacidad de consenso ante su propia junta parroquial, a la cual reunía con la debida periodicidad.

Otra operación patrimonial relevante fue, primero la conservación preventiva, y luego el traslado al interior del templo de la antigua cruz de hierro de la iglesia demolida, que se hallaba adosada al muro en uno de los patios, desde tiempos de monseñor Carranza. La amenaza cierta y presente que la intemperie cernía sobre esta auténtica reliquia de la herrería colonial de forja, motivó su decisión acorde con mi consejo. De ese modo, acerqué al competente restaurador Lic. Miguel Crespo a la parroquia, para realizar las maniobras conservativas y de “pasivación” del óxido que corroía el hierro. El P. Raúl le facilitó los recursos logísticos y económicos para la tarea. Y, tiempo después, la cruz fue erigida dentro de la iglesia, donde puede ser vista y venerada hoy.

Con esta simple e inteligente acción del párroco, no sólo se garantizó la preservación por muchos años más del bien patrimonial, sino que se puso al alcance la vista (y hasta del tacto diría) una de aquellas cruces de remate de los campanarios del período español, que difícilmente se aprecian por la altura en que suelen estar emplazadas.

Por aquel entonces, también comprendió el P. Raúl que el año jubilar 2019, cuando se cumplían los 250 años de la creación de la parroquia, era una ocasión privilegiada para colocar el discurso histórico en clave evangelizadora. De ahí que se organizaron las primeras visitas interpretativas patrimoniales al templo, que fueron toda una novitá y estuvieron a mi cargo, y que iban a reiterarse en otras varias oportunidades. Porque, cuando la ocasión lo requería, el P. Raúl me convidaba con generosidad para que explicara tal o cual aspecto de la historia y la estética de la basílica, sin admitir un “no” por respuesta. Una fotografía que ilustra esta nota atestigua una de aquellas oportunidades.

Las visitas, muy concurridas por la propia feligresía, permitieron a tantos parroquianos de vieja pertenencia enterarse de aspectos de la historia y del arte de su parroquia que antes permanecían silenciados o pasaban inadvertidos. Traigo a colación las palabras de una señora mayor, quien se acercó al final de una de las visitas y nos dijo: -Hace más de cuarenta años que vengo a misa a esta parroquia y nunca había visto estas cosas maravillosas…-

Esta nueva apropiación identitaria y afectiva del espacio hierofánico hizo patente la necesidad de contar con un libro que relatara la historia completa de la basílica y que facilitara una interpretación de sus muchos valores patrimoniales: arquitectura, pintura, escultura, imaginería, lapidario, sepulcros, equipamiento litúrgico, epigrafía, etcétera. Un libro que pudiera ser leído y releído en las casas de los parroquianos y de los visitantes, y que sirviera, además, a los investigadores de la historia de la arquitectura. Porque, más allá de escritos parciales y sueltos, la biografía completa y ordenada de La Piedad era una página casi en blanco.

El P. Raúl me encomendó la escritura de ese libro (cuyos borradores ya venía esbozando desde años atrás, animado en parte por el consejo de Alberto de Paula). Y él se ocupó de conseguir el financiamiento de la edición (a cargo de Ágape Libros) y un prólogo del cardenal Poli, al que sumamos otro, del arquitecto Julio Cacciatore.

De esta manera y con este volumen publicado en 2020 y rápidamente agotado, se completaba un vacío en la bibliografía. Una vez más, se lo debemos al P. Laurencena.

La investigación nos permitió, de paso, ordenar una sección dispersa del archivo parroquial (no los libros sacramentales, que estaban en buen orden) en lo tocante a planos, fotografías y algunos impresos.

Como parte del programa de activación de la devoción de Santa María Antonia de San José de Paz y Figueroa (canonizada en Roma en febrero de 2024), el P. Raúl, de acuerdo con algunos descendientes de la santa, hizo colocar unos bellos vitrales fabricados en la Argentina, alusivos a la vida de ella, en una puerta lateral que conduce a la casa parroquial, al lado del mausoleo.

Otra idea creativa del P. Raúl fue la redacción y publicación de lo que podríamos denominar un “devocionario de sitio”, que lleva por titulo “Rezar con el templo”: se trata de un breve libro de oraciones que permite a todo devoto que visite aquella iglesia, elevar sus plegarias ante cada elemento material (ya sea una imagen, las columnas, las puertas, la pila bautismal, el confesionario, etcétera) donde deposite su mirada. Me pidió, con gran humildad de su parte, que revisara el manuscrito y efectuara las correcciones que, acaso, mereciera. Apenas corregí un par de palabras del léxico de la arquitectura. Todo el texto era de una impecable y sentida redacción.

Con este aporte, Raúl lograba aunar en un mismo acto de contemplación orante, los componentes patrimoniales organolépticos plus los vectores devocionales de la basílica, y todo ello, como siempre, al servicio de la evangelización y la cura de almas. Recalco la originalidad de su enfoque y me atrevo a decir que, acaso, no existe un producto pastoral similar, al menos en nuestro medio. Y si existe, no lo conozco.

No quiero olvidarme de mencionar que, también, el P. Raúl auspició una presentación ante el Mecenazgo de la Ciudad de Buenos Aires, con una propuesta de restauración de la fachada que elaboré junto a las arquitectas Melina Forte y Graciela Busto, y al Lic. Crespo. Pero, aunque la basílica no fue favorecida por el jurado, vale el antecedente como muestra de la preocupación de su párroco por lograr una fuente de financiamiento que permitiera, al menos, una mínima puesta en valor.

Ya más cerca del presente, y tratando de dar solución al problema de los deterioros materiales en el interior del edificio (si hasta una puerta de la fachada fue vandalizada en una ocasión, con fuego) y la compleja situación de las cubiertas, mi querido amigo Raúl, con el acuerdo de la junta parroquial, accedió a que un reducido equipo de arquitectos de la DNA, convocado por mí y liderado por el arquitecto Guillermo Frontera (secundado por los excepcionales profesionales que son Diego Rojas y Priscila Ibañez Giardelli) comenzara a practicar prolijos relevamientos in situ, preparatorios de un proyecto técnico. Lamentablemente, la supresión de la obra pública nacional a partir de 2024, que alcanzó también a los monumentos declarados, interrumpió aquella valiosa tarea.

Debe remarcarse que, pese a requerir una intervención integral, el edificio de la iglesia siempre fue mantenido en las mejores condiciones posibles, a despecho de la escasez de recursos económicos.

La última operación patrimonial, en el rubro de la señalización e interpretación, fue la producción y colocación, en 2024, de un cartel con datos históricos y un dispositivo QR junto al mausoleo de la Santa. La tarea fue confiada, una vez más, a la arquitecta Fugardo, y los textos me los encargó a mí específicamente.

Y en cuanto a la continuidad de la bibliografía, debo consignar que se entusiasmó y mucho con la idea de publicar mi trabajo acerca de la historia y la estética del mausoleo de Santa María Antonia. Llegó a escribir un breve prólogo, en la Pascua de Resurrección de 2024. Lamentablemente, las demoras en la respuesta de parte de la editorial elegida y la falta de financiamiento, frustraron aquel emprendimiento. No llegó a verlo publicado, pero no pierdo la esperanza de que su impresión ocurra el año próximo y será, virtualmente, un homenaje póstumo al P. Raúl.

Antes de cerrar este prieto recordatorio, quiero señalar un episodio que marca algo así como la constante de una intervención “providencial” de mi querido amigo Raúl y que, a la postre, permitió la concreción del libro Un legado espiritual en las barrancas de San Isidro: historia y memoria de la quinta Elortondo-Armstrong (2025) cuya autoría compartimos con la arquitecta Fugardo y el P. Juan Pablo Ballesteros. Voy a relatarlo.

Allá por el año 2021, necesitábamos ingresar a la quinta mencionada, sede del Instituto Vocacional San José, para verificar las medidas de un mirador que allí existe, en el marco de un relevamiento general de los miradores panorámicos en la barranca de San Isidro.

Como se trata de una casa de temprana formación sacerdotal y de oración y estudio diarios, las puertas suelen estar cerradas a piedra y lodo, comprensiblemente. Le consulté al P. Raúl si, quizá de casualidad, conocía a alguien con autoridad allí que pudiera franquearnos el acceso. Así fue que nos conectó, de inmediato, con el director, el P. Ballesteros, quien no solo nos facilitó ampliamente el ingreso, sino que nos prodigó su amistad y su generosidad, demostrando cualidades humanas y sacerdotales de excepción. No en vano Raúl me lo había recomendado con énfasis. -Llamalo de mi parte- me dijo, cuando me compartió su número de celular.

De resultas de esta empatía, surgió el trabajo de investigación coral acerca de la quinta Elortondo-Armstrong y sus usos posteriores. He aquí, entonces, que la gestión amistosa del P. Raúl ha redundado, al final de la cadena causal, en un libro que permite conocer detalles hasta ahora no pronunciados de ese enclave patrimonial y religioso de San Isidro. Incluso nos facilitó un testimonio escrito acerca de su paso por aquel lugar, en sus tiempos de seminarista. 

Con esta última referencia quiero recalcar ese aspecto, desapercibido quizá, del “hombre providencial” que puede descubrirse, a poco que se preste debida atención, en sus acciones relativas al patrimonio cultural y, tal vez, en tantos otros rubros del quehacer sacerdotal que exceden esta evocación. Sin proponérselo, fue el factor necesario y ejecutivo para lograr avances en la valoración y la activación patrimonial y bibliográfica de la Iglesia de La Piedad y, también y más incidentalmente, del Instituto Vocacional San José.

Las declaratorias monumentales del mausoleo de la Santa y de la propia Basílica, se deben a que él las apoyó sin dudarlo. Lo mismo, las visitas interpretativas al templo, la edición del libro oficial con su historia y su estética, el rescate de la cruz tardocolonial, los vitrales que ilustran la vida de María Antonia de San José, la nueva visibilidad de su sepulcro y sus dispositivos de información, los avances en la producción de documentos de arquitectura para un eventual master plan, la idea de que se puede rezar utilizando al espacio sagrado edificado como punto de apoyo… Todos estos episodios patrimoniales ocurrieron gracias al P. Laurencena; y probablemente no habrían ocurrido (o al menos ni entonces ni de ese modo) si no fuera por su intermediación o su fomento.

En esto consiste, a mi juicio, su rol “providencial”: no tanto porque Dios lo haya comisionado en tal sentido (¿o quizá sí?), sino porque se mostró proféticamente atento a este signo de los tiempos que es la patrimonialización de los espacios de culto; y ello lo tornó disponible, receptivo, abierto, lúcido, generoso y confiado (y debo remarcar esa confianza que me dispensó en forma inalterable y plena, y que me honra por encima de mis méritos) en todo aquello que se le propuso para hacer de la basílica de La Piedad (“su” parroquia hasta el final de sus días) un bien cada vez más “patrimonializado”, en el sentido de su creciente apropiación identitaria por parte de la comunidad.

Bien pudo exclamar con el salmista, al abrirse para él los portales del Cielo, aquel día de octubre de este año que se acaba: He guardado, Señor, el decoro de tu Casa…

Doy fe de ello.

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